20 may. 2013

Carta al circulo dorado: Todos los llamados son discipulos

 El espíritu que despertó a la luz ya no puede retroce­der

La oscuridad material ya no lo atrae, y solo en las esferas superiores encuentra aliento. Pero descubrirá que tejió fuer­tes lazos con la materia, que tendrá que deshacerlos, y que la ilusión todavía impregna sus trajes.
Hay quienes cortan esos lazos y alzan vuelo, penetrando esferas superiores; hay quienes, temerosos, aguardan que lo pútrido que reina en el mun­do de las formas descomponga también sus amarras.

Yo in­dico la primera vía, directa, de acceso al Reino. A ella están destinados los que aman verdaderamente.

La mezquindad llevó al hombre a aplicar el concep­to de conquista en la vida material.
Tomado por el deseo de posesión, buscó dominar a sus semejantes, y se desvió del verdadero camino.

No existe seguridad externa. 
Aun así, los hombres insis­ten en buscarla. No reconocieron que la vida prosigue en ininterrumpida transformación, y que la sucesión de imáge­nes presentadas por los sentidos es solo un diminuto ángulo de una realidad mayor, que trasciende el mundo mental y toca lo supracorpóreo.
La tortuga puede sentirse segura transportando consigo su casa, pero no sabe volar.

La Vida habita la forma, mas la trasciende. La forma es fruto del movimiento de la Vida, y tiende a la cristalización. El discípulo de la ley no debe confundirse con la exterioridad de los hechos.

Dominar y trascender el atavismo que impregna sus cuerpos es una tarea del discípulo.
No es simple vivir en un pozo oscuro sin tocar el lodo. Sin embargo, esto es lo que él debe hacer, y lo conseguirá en el momento en que aprenda que es en el aire, y no en el suelo, donde debe dar sus pasos.

La mezquindad insertó raíces profundas en la con­ciencia humana; es necesario sanar ese mal. Desde el inicio de los tiempos, este planeta abrigó entes oscuros, más de ese modo preservó a otras regiones del cosmos del asedio de esas fuerzas. Por eso, él será redimido. Por eso, ha llegado el Tiempo de Cristo Samana. Por eso, le será revelado el poder de la Espada de Amhaj.

El brillo de las estrellas puede ser ocultado por nubes, pero no por eso deja de existir. El discípulo debe aprender a conectarse con esos mundos de pura luz, independientemen­te de las condiciones atmosféricas. En realidad, debe apren­der a estar en esos mundos, a vivir en ellos mientras cumple sus tareas en la Tierra. Eso es posible. Eso se consigue por medio de la aspiración ardiente.

El discípulo reconoce que su verdadera existencia transcurre en el cosmos, y así la materialidad de los cuerpos no es obstáculo para el vuelo de su conciencia. Sin embar­go, él también sabe que la materia debe ser pulida, y por eso trabaja con los fuegos superiores, haciendo que en ella pueda emerger la translucidez.

La redención está basada en esa cualidad intrínseca de la materia, cualidad que le per­mite revelar su pureza esencial. Por eso el discípulo es llama­do el que revela la Belleza. Él ya aprendió a hacer esto, pues atravesó los primeros velos.

La fortale­za del espíritu está fundada en el poder de las esferas subli­mes, que echan raíces en la fuente cósmica de amor. Por la gracia, el discípulo es elevado por el Maestro, y así puede bañarse en la Fuente. Por la gracia, el discípulo es conduci­do al Gran Espejo [1], y allí le son develados misterios de la Creación. Por la gracia, el discípulo trasciende límites y así acoge con gratitud aquello que desde lo Alto le es dado cumplir.

Muchos hombres recorren el desierto, pero no todos logran llegar a destino.
Tal empresa exige determinación, firmeza, sobriedad y fe. Todos los que se internan en la senda de la luz tendrán que cruzar esa región de la conciencia, y aprender lecciones a través de sus misterios. No se puede avanzar sin transponer fronteras.

Magnífico poder impregna la conciencia y la hace despertar. Magnífico poder penetra la materia y rompe sus velos. Magnífico poder eleva al ser y lo transmuta en luz. Sí, la libertad del espíritu pulsa en lo íntimo del ser.

Es tiempo de glori­ficar al Supremo no con promesas, sino con la rendición del ser.
En Mi Manto tenéis vuestra protección.

Yo proclamo el advenimiento del nuevo hombre. Yo proclamo el advenimiento de la nueva raza. Yo proclamo el advenimiento de la nueva civilización. El poder del cosmos penetra la esfera terrestre. Con ese poder construimos las bases del futuro. No echéis en el lodo estas palabras, con­fundiéndolas con las barbaries perpetradas por vuestra civilización. Ese poder no es el de la dominación, acto de fuerzas macabras, sino el poder del Bien. Por eso Yo afirmo la victo­ria de la luz.

No puede haber ascen­sión si la aspiración no está actuando, conduciendo al ser hacia realizaciones más amplias. Los tenebrosos caminan en la oscuridad. El discípulo de la ley penetra en la Gran luz.

Las claves para la comprensión de la Enseñanza se encuentran en el perfeccionamiento del carácter y en la en­trega del ser. Para penetrar sus misterios no es necesario el intelecto, sino pureza y fe. Los intelectuales se alimentan de las cenizas del pasado. Los puros comparten la sabiduría de las esferas celestiales.

Muchos alumnos, cuando escuchan que se necesita pureza, se visten de blanco, pero se olvidan que el verdade­ro despojamiento es interior. Ostentan esa bandera, pero en los zapatos traen el polvo de esta civilización. Sabed, es tiempo de que nazca el nuevo hombre. Es tiempo de que efectivamente se asuman transformaciones. No se puede construir la nueva Tierra basada en festivas promesas. La ma­teria debe ser impregnada por el fuego y transformada, ver­tida en el molde de la redención. Por eso Yo os convoco a imprimir en cada acto de vuestra vida la determinación de trascenderos. Amad ese fuego. En esa senda tendréis Nues­tras bendiciones.

La distancia no es obstáculo para el contacto con Nosotros. El discípulo ya lo sabe. Pero ahora ha llegado el momento de que muchos aspirantes que recorren la senda de la luz crucen el Primer Portal. Que persistan. Que venzan las pruebas. Que aprendan a caminar en el fuego.

El advenimiento de una raza ocurre en la luz de las esferas sublimes, y se va reflejando en los sucesivos estratos de la vida planetaria, hasta penetrar la oscuridad material. De ese proceso participa una red inconmensurable de ener­gías, seres y conciencias.

Es increíble cómo inclusive las mejores personas tien­den a ignorar la sublimidad de la vida y a aferrarse a la mezquindad. Casi siempre esa tendencia se mezcla con las más elevadas aspiraciones. Por eso Yo recomiendo la vigilancia y, por encima de todo, la rendición del ser. El primer paso es comprender la indicación y aceptarla. El paso siguiente es vivirla.

El sentido de lo sagrado será rescatado por el nuevo hombre. Todo en la vida será reconocido por él como una dádiva del Creador ‑y como instrumento para glorificar‑Lo. No obstante, no se debe esperar el mañana para manifestar lo nuevo. Lo sagrado debe ser vivido ahora, prioritariamente, y por eso es necesaria la reverencia.

No hay misterios en el cumplimiento de la ley. ¡Y ese cumplimiento transformaría a la Tierra en un reino celestial! Entonces, ¿por qué la humanidad insiste en evitar esa tarea?

Antes que la nueva Tierra pueda manifestarse en la esfera concreta, es necesario ajustar todas las cuentas. In­clusive hay discípulos que llegan a impresionarse con la rapi­dez con que están siendo realizados esos ajustes. Por eso es necesario afinar la sintonía. Por eso es necesario unirse, sin restricciones, al Bien.

Muchos ya notaron alteraciones en el curso del tiem­po y también en la densidad de ciertos objetos materiales. También son perceptibles las transformaciones en el propio organismo humano, especialmente en el plasma sanguíneo. Sin embargo, en medio de tanta neblina, esos descubrimien­tos son relegados al campo de los equívocos, y el hombre permanece atado a viejos patrones. Que los pioneros sepan ver las señales. Que se mantengan firmes en su labor, que no se pierdan, que amen la ley.

La voz de Ahmaj: Triguerinho